Sede Hualpén/Talcahuano

Escombros y grietas

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El de 27 de febrero de 2010 será recordado para muchos como una fecha de crisis, sí, un terremoto de 8.8º de magnitud azotaba nuestra nación y un tsunami de proporciones inundaba nuestras costas. Pero fue en ese momento de incertidumbre y temor en el que recibimos esta gloriosa promesa de Dios en el Salmo 107: «Cambió la tempestad en suave brisa, se sosegaron las olas del mar. Ante esa calma se alegraron, y Dios los llevó al puerto anhelado» (Salmo 107:29-30). Sí Talcahuano, ese era nuestro puerto anhelado. Los escombros y las grietas que veíamos de la ciudad eran la evidencia visible de algo que comenzaba a suceder en el corazón de sus habitantes, las réplicas sísmicas que experimentábamos no solo sacudían nuestros hogares, sino que también comenzaban a derribar argumentos y a levantar un profundo clamor del corazón. Y ese clamor que nos guió a reunirnos, varias a veces a la semana en distintos hogares por casi dos meses. Y ese mismo clamor, y esos mismo encuentros, nos confirmaron la necesidad de iniciar una obra misionera en esa ciudad. Y así inició nuestra Iglesia en las comunas de Talcahuano y Hualpén ya hace 12 años, donde esta crisis en realidad fue una gran oportunidad, no solo para reconstruir ruinas o para reparar una ciudad destruida (Isaías 61:4), sino para reconstruir vidas y reparar corazones, esta fue una oportunidad para que los habitantes de esta península se reconciliaran con Dios (2 Corintios 5:18). Así que cada vez que vemos un escombro, recordamos nuestros comienzos (Zacarías 4:10) y que Dios restaura todo lo que pasó (Eclesiastés 3:15). Dios les bendiga.